Capital verde de Irpinia, Avellino es una ciudad reconstruida en varias ocasiones —el terremoto de 1980 fue la herida que rediseñó su rostro— y por eso se aprecia mejor en los detalles: la torre del reloj del siglo XVII, la catedral en la colina del casco antiguo y el elegante corso donde se disfruta del tradicional paseo al atardecer.
Su mayor atractivo reside en lo que la rodea: el santuario de Montevergine, al que se sube en el funicular más empinado de Europa, los viñedos de Taurasi, Fiano y Greco —tres DOCG en una sola provincia— y los bosques de castañas y avellanas. Irpinia es un descubrimiento pausado, y Avellino su puerta de entrada.
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