Medio kilómetro cuadrado escaso, unos pocos cientos de habitantes y una fama planetaria: la piazzetta de Portofino es desde la posguerra el muelle más exclusivo del Mediterráneo. Sobre las casas color pastel, el Castello Brown vigila los barcos; el faro de Punta del Capo cierra el paseo más fotogénico de Liguria.
El consejo de los habituales: llegar por mar o a pie desde Santa Margherita, y seguir en barco hasta San Fruttuoso, la abadía accesible solo desde el agua, en cuya bahía descansa desde 1954 el Cristo de los Abismos. Fuera de temporada, Portofino vuelve a ser un pueblo de pescadores — y es aún más bello.
En los alrededores de Portofino
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