El castillo sobre el mar, plantado en el agua desde 1551 contra los corsarios, es la firma de Rapallo, y hay una fecha que lo explica: el cuatro de julio de 1549, al alba, la flota del pirata Dragut entró en el golfo y desembarcó en tres puntos. Un centenar de vecinos acabaron esclavos, el preboste de Santo Stefano fue asesinado, y mientras el socorro de Génova llegaba tarde, de los pueblos vecinos no vino nadie: vinieron después, a rebuscar entre los restos. Ocho años más tarde la Virgen se apareció a un campesino en el monte Letho, y la ciudad le construyó el santuario de Montallegro, al que el teleférico sube en ocho minutos. A su protección atribuyeron los vecinos también el hecho de que la peste de finales del siglo dieciséis, que en Liguria causó cien mil muertos, aquí dejara solo dos casos sospechosos; en el contagio siguiente el capitán, menos místico, cortó todo intercambio con Génova, Recco, Portofino, Santa Margherita y Chiavari hasta que pasó.
Luego llegó la temporada del paseo marítimo modernista. Aquí escribió Nietzsche, en enero de 1883, la primera parte de Así habló Zaratustra; Hemingway metió su estancia en un cuento, Gato bajo la lluvia; Ezra Pound vivió aquí durante años, y el último rey de Lituania vino aquí a morir. En 1920, en la villa Spinola, Italia y el Reino de los serbios, croatas y eslovenos firmaron el tratado que lleva el nombre de la ciudad, y dos años después volvieron a ella la Alemania de Weimar y la Unión Soviética, para renunciar mutuamente a los daños de guerra. Al vocabulario italiano, en cambio, Rapallo entró por otra razón: la rapallizzazione, el modo en que el boom cubrió de pisos la colina, que Montanelli fue de los primeros en denunciar. El barco a Portofino y San Fruttuoso sale al pie de las casas; y aquí se dice rapallini a los nacidos en el pueblo y rapallesi a los que solo viven en él.