En el escudo de Casale hay una cruz de oro en campo rojo con cuatro B griegas en los ángulos: es la insignia de los emperadores de Constantinopla. No es un capricho. A comienzos del siglo catorce, para acabar con los pleitos entre las familias, la ciudad llamó como pacificador a Teodoro Paleólogo, hijo del emperador bizantino Andrónico II y de Violante de Monferrato, y le juró fidelidad: desde entonces el Monferrato tuvo marqueses de sangre imperial, y en 1434 Casale se convirtió en su capital. El nombre de la ciudad aparece por primera vez en una donación del diácono Andrea a la colegiata de Sant'Evasio, el quince de agosto de 988; en 1215 Milán, Vercelli, Asti y Alessandria se pusieron de acuerdo y la arrasaron, y Casale se rehízo deprisa. Con los Gonzaga llegó la ciudadela, una de las más poderosas de Europa; pero los Gonzaga hicieron también otra cosa, y permitieron a los judíos del Monferrato profesar libremente su religión. Por eso en el primer piso de un patio está la sinagoga de 1595, entre las más suntuosas de Europa, que ni siquiera la época napoleónica dejó de enriquecer; en el atrio un memorial recuerda a los cincuenta y nueve judíos de Casale deportados y muertos en los campos de exterminio.
Después Casale se convirtió en la ciudad del cemento: en la fábrica Robatti, de la que queda el Paraboloide, se hizo la primera producción industrial italiana de cemento Portland natural, y la marga llegaba de las minas de las colinas por un ferrocarril de vía estrecha. De esa misma industria vino la factura más cara de su historia: la fábrica Eternit, que trabajaba el amianto antes de que se conociera su toxicidad, ha causado desde los años cincuenta más de mil seiscientos muertos entre los obreros y la población, por una enfermedad de los pulmones que se trata pero no se cura y que ha seguido apareciendo durante décadas. Del resto quedan la catedral románica de Sant'Evasio con su atrio único en su género, el castillo de los Paleólogos, la torre cívica de sesenta metros con la veleta de los Gonzaga en lo alto, y los palacios al fresco. Sobre el Po se vive de arroz y de vino — el Grignolino tiene aquí su patria — y de krumiri, las galletas en forma de bigote. El Monferrato de los viñedos, patrimonio de la humanidad, empieza nada más salir.