Cada mes de junio, ocho obeliscos de madera de veinticinco metros de altura danzan sobre los hombros de los habitantes de Nola: la festa dei Gigli, reconocida como patrimonio de la UNESCO entre las grandes estructuras procesionales a hombros, lleva quince siglos agradeciendo a san Paolino el regreso de los prisioneros. Es el alma latente de Nola, una ciudad antiquísima donde murió el emperador Augusto y donde nació en 1548 Giordano Bruno, el filósofo del infinito.
El duomo, el seminario con sus mármoles antiguos y el anfiteatro romano completan el relato; a dos kilómetros, las basílicas paleocristianas de Cimitile constituyen un conjunto único de la fe de los primeros tiempos. Napoli queda a media hora y el Vesuvio se alza justo enfrente.
En los alrededores de Nola
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