Cento dio al mundo al Guercino, y el Guercino le dejó la mayor concentración de sus obras que existe: la pinacoteca lleva su nombre, y en la iglesia del Rosario, de la que fue prior, quiso para sí y para su familia la quinta capilla de la izquierda, y se la dispuso él mismo. Muchos otros lienzos, sin embargo, están en otra parte: el San Francisco que estaba en San Pietro se halla en el Louvre, la Gloria del Paraíso en Toulouse, la Virgen y San Luis en Bruselas, y un San Bernardo se ha perdido. El terremoto de 2012, que aquí costó una vida y derribó la iglesia de Buonacompra, devolvió sin embargo algo: en la restauración del palazzo Provenzali reaparecieron, bajo un falso techo del siglo diecinueve, un friso pintado por el Guercino con sus discípulos y un techo de madera con las constelaciones tolemaicas.
El resto de la historia de Cento está hecho de agua y de tierra en común. El pueblo nace de una comunidad de campesinos que desecaban la marisma, reconocida por el obispo de Bolonia; y de aquel trabajo nació la Partecipanza agraria, en la que los habitantes se repartían las cargas y las ventajas manteniendo la tierra en propiedad colectiva — y que existe todavía. En 1376 un decreto separó Cento de Pieve di Cento; luego, en 1648, el Reno rompió los diques con tal violencia que el río se fue a poner en medio de los dos pueblos, y la separación la hizo la naturaleza. En 1502 el papa Alejandro VI dio Cento en dote a Lucrecia Borgia para sus bodas con Alfonso de Este, y el palazzo del Governatore se construyó para aquel matrimonio. Y el carnaval, hoy hermanado con el de Río de Janeiro, es tan antiguo que el Guercino lo pintó en un fresco: cuando desfila el Tasi, desfila una fiesta que un pintor del siglo diecisiete ya había visto.