Durante ciento veintitrés años Pinerolo fue una capital: de 1295 a 1418 fue el centro de las posesiones piamontesas de los Saboya-Acaya, con una escuela de notarios famosa, los pintores Beltrami y Canavesio y, desde 1475, por iniciativa de un francés, Jacottino de' Rubeis, una próspera imprenta. El palacio de los príncipes de Acaya sigue ahí. Después la ciudad pasó a Francia, y el cardenal Richelieu encargó a Vauban, el mayor ingeniero militar de su tiempo, hacer de ella la plaza fuerte que debía garantizar a Francia el control del norte de Italia: murallas rehechas, castillo reconstruido, ciudadela ampliada, y de puertas quedaron solo dos, la de Francia y la de Turín. En la misma cuenta está lo que se cuenta menos: muchos talleres artesanos fueron demolidos y los obreros trasladados a Lyon, cuya industria creció a costa de la de Pinerolo.
El Donjon, la fortaleza, servía también de prisión: aquí mandaba Luis XIV a sus enemigos, y aquí acabó también Nicolas Fouquet, el superintendente de finanzas caído en desgracia. Y aquí pone la leyenda al Hombre de la Máscara de Hierro, el preso sin rostro, que la ciudad recrea con trajes de época un octubre sí y otro no, con un monumento en la colina de San Maurizio. Luego vino la caballería: la escuela militar de Pinerolo, frecuentada por oficiales de medio mundo, es aquella en la que el capitán Caprilli inventó la equitación natural, y el picadero que lleva su nombre es el tercero cubierto de Europa después de los de Moscú y Viena; el museo del Arma de Caballería conserva sus sillas y estandartes. La basílica de San Maurizio vela desde lo alto sobre los tejados, la catedral gótica y las calles porticadas hacen de salón. Galup hornea desde hace un siglo el panettone bajo y glaseado, y los valles olímpicos empiezan aquí.