Cicerón amaba su villa de Formia, y aquí fue alcanzado y ejecutado por los sicarios de Antonio en el 43 a. C.: su tumba monumental en la Via Appia —una torre romana de 24 metros de altura— supone el último adiós del mayor orador de Roma. La ciudad, entre los montes Auruncos y el golfo, era el destino de veraneo de la aristocracia; el cisternone romano bajo el casco urbano, una obra maestra hidráulica abierta al público, da la medida de su relevancia.
Hoy Formia vive del mar y de los ferris hacia Ponza y Ventotene; los núcleos de Mola y Castellone conservan intactos sus torres y callejones. La cocina marinera del golfo, sumada a la tiella de la vecina Gaeta, se encarga del resto.
En los alrededores de Formia
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