El nombre que lleva hoy es de 1935: antes era Bagni San Giuliano, y antes aún Bagni di Pisa. Las aguas ya las conocían los romanos — la primera noticia cierta la da Plinio el Viejo, que las llama aquae pisanae — y de aquella época queda algo casi increíble: en la Conserva di Corliano hay una fistula acquaria de terracota que todavía funciona, parte del acueducto que a finales del siglo primero mandó construir Lucio Venuleyo Montano, patrono de la colonia pisana, junto con las termas de Pisa. Las termas las hizo restaurar por primera vez, en 1112, la condesa Matilde de Canossa.
La fortuna europea llegó con los Lorena: desde 1743 Francisco Esteban hizo del lugar su residencia termal de verano, y desde entonces los Baños se hicieron conocidos para la nobleza de toda Europa — pasaron por aquí Montaigne, Byron y Shelley, que vivió aquí con los suyos. Pedro Leopoldo hizo luego dos cosas. La primera es el municipio: el diecisiete de junio de 1776 un decreto suyo reunió treinta y un pequeños centros en una sola administración, con San Giuliano como capital. La segunda es el paisaje: los plátanos de la avenida hacia Pisa, el viale Boboli — llamado así en homenaje a los jardines florentinos —, el Parterre y el Café Haus, un edificio de arcos abiertos sobre diez pilares desde el que se miraba toda la llanura, y en el que solo podían entrar los huéspedes de las termas. Esa separación, por lo demás, es la parte amarga de la historia: cuando la Opera Pia valló la propiedad termal para separar a los bañistas del pueblo, la relación entre los vecinos y sus propias aguas se rompió. Y en 1935 el establecimiento pasó al instituto nacional de previsión, que lo rehízo para sus asegurados sepultando los viejos Baños Granducales. Bajo el monte corre el acueducto mediceo, con el carril bici que en pocos kilómetros lleva a Pisa: a la torre inclinada se llega fresco, cosa que los pisanos agradecerán.