El faisán del escudo es un equívoco. El nombre no viene de phasianus sino, casi con seguridad, de un tal Fadius más el habitual sufijo -anus: en los documentos antiguos la ciudad es Fajano, Faxano, Fachano, Fayano. El pájaro del escudo, además, para algunos no es un faisán sino un faso, la paloma torcaz que bebía en unas charcas hoy desaparecidas. Fasano nace de todos modos de una huida: cuando Egnazia, la ciudad mesapia y romana junto al mar, fue abandonada tras las invasiones, los refugiados se dispersaron por el interior y en 1088 fundaron el casale de Santa Maria di Fajano. Algunos no llegaron tan lejos: se pararon en las lame, los barrancos excavados en la caliza, y tallaron pueblos enteros en la toba blanda, con almazaras y criptas pintadas a la bizantina.
Abajo, en la costa, Egnazia duerme todavía, con el puerto excavado en la roca y un museo que cuenta dos mil años de tráfico adriático. Arriba, la Selva di Fasano es la colina fresca de las villas modernistas donde los señores de Apulia veranean desde hace un siglo. En medio, los olivos monumentales y las masserie fortificadas convertidas en resorts de los más célebres de Italia, cada una con su trappeto excavado bajo tierra. Desde el siglo catorce Fasano fue de los Caballeros de Malta, y la cruz del escudo no es una concesión sino un orgullo de independencia: quitada durante el fascismo, la repuso la alcaldesa Maria Chieco Bianchi. Cada año la Scamiciata rehace la victoria sobre los piratas turcos de 1678. En 2024 el G7 se celebró aquí, en Savelletri; Alberobello y Ostuni están a diez minutos.