Estas murallas no combatieron nunca. Los venecianos las construyeron en el siglo dieciséis alrededor de la ciudad alta, con catorce baluartes, cien troneras, dos polvorines y cuatro puertas, y en los siglos siguientes ningún ejército las atacó: por eso se han conservado intactas. Desde 2017 son patrimonio de la humanidad, dentro del sitio que reúne las obras de defensa venecianas.
Qué ver
La vuelta completa se hace a pie por los adarves y las calles que siguen el recinto, pasando por las cuatro puertas: la más hermosa es la de San Giacomo, de piedra clara, donde la vista se abre sobre la llanura. De las treinta y dos garitas queda una sola, y bajo los muros corre una red de pasadizos y poternas en parte olvidados.
Vista desde fuera, la ciudad parece una fortaleza inexpugnable. En realidad, cuando se acabaron, la artillería de tiro curvo estaba ya haciendo inútil esa manera de fortificar: son el canto del cisne de una técnica militar, muy bien construidas y nacidas viejas. Su suerte fue precisamente no haber sido nunca puestas a prueba.
La visita
La vuelta arranca de la ciudad alta, a la que se llega en funicular o a pie desde los barrios bajos; el recorrido está siempre abierto y es gratuito, de algunos kilómetros, con tramos sobre la llanura y otros entre las casas. Dos horas.
El consejo de la redacción
Mientras camina, recuerde que el único asedio que sufrieron estas murallas fue su propia obra: para levantarlas se demolieron conventos, casas e iglesias, entre ellas la mayor de la ciudad, y los frailes fueron dispersados. Una fortificación que no disparó nunca destruyó más edificios que cualquier ejército.
