Dentro del palacio del obispo, junto a la catedral, hay una pequeña capilla privada del siglo quinto: era el oratorio personal del arzobispo, y es el único ejemplo conservado en el mundo de una capilla episcopal paleocristiana. Es pequeña, en cruz, cubierta de mosaicos, y se entra tras atravesar el museo.
Qué ver
En la bóveda hay ángeles y símbolos de los evangelistas sobre fondo de oro; sobre la puerta está un Cristo en armas, vestido de soldado romano, que camina sobre el león y la serpiente. Es una imagen rara y dura, hecha en un momento en que la Iglesia debía mostrarse fuerte, y no se parece en nada al Cristo dulce que uno espera.
En el museo, la cátedra de marfil del arzobispo Maximiano es la pieza más importante: un trono cubierto de placas de marfil talladas con escenas bíblicas y figuras, trabajo de época justinianea, contado entre las obras maestras absolutas de la escultura tardoantigua. Están además los fragmentos de la antigua catedral demolida en el siglo dieciocho, platería y el calendario pascual grabado en piedra.
La visita
El museo está en piazza Arcivescovado, junto a la catedral, a cinco minutos de piazza del Popolo; la entrada suele ser conjunta con los demás monumentos paleocristianos de la ciudad. Una hora.
El consejo de la redacción
Mire la cátedra de marfil de cerca y cuente las figuras: cada placa se talló por separado y luego se montó, y las manos que trabajaron fueron más de una. Es un objeto que ha llegado entero hasta nosotros tras mil quinientos años, y en una ciudad llena de mosaicos sigue siendo lo más extraordinario que se puede ver.
