La capilla es el resultado de una fusión: dos iglesias pequeñas y contiguas, San Crispino, fundada en 1580, y San Biagio, de 1502, ambas propiedad de la familia Martino, acabaron formando un solo edificio. La advocación de san Blas se había trasladado aquí desde una iglesia anterior situada fuera de las murallas; según el historiador local Bianca, en 1660 el templo acogió reliquias del santo traídas de Roma.
Qué ver
Por fuera todo es sencillo: fachada a dos aguas, portada rematada por un frontón y, encima, un amplio ventanal de arco. El campanario supera por poco la línea del tejado y tiene una ventana semicircular en lo alto; otras dos se abren en un costado. Quien pasa deprisa la toma por una casa.
Dentro el espacio es cuadrado, con molduras de estuco; la entrada está delimitada por dos columnas que sostienen un arco, y un hueco de dimensiones modestas alberga el altar al fondo. Es una iglesia de barrio, construida para un puñado de familias, y cada medida lo dice.
La visita
Está en el lado norte de la via XXV Novembre, en Cefalù, a pocos pasos del Lavatoio Medievale, que en 1514 fue derribado y reconstruido más atrás de las murallas: una escalera de piedra baja hasta las pilas, alimentadas por veintidós caños de hierro fundido, quince de ellos con cabeza de león. El agua sale hacia el mar por una pequeña galería. La capilla abre pocas veces, casi siempre para los oficios; rodearla por fuera cuesta cinco minutos y ya justifica el rodeo, porque se ve cómo la iglesita, el palacio Martino y el lavadero funcionaban como una sola pieza de ciudad.
El consejo de la redacción
Paramos aquí a media mañana, bajando de la catedral hacia el puerto: cinco minutos en el lavadero, donde el aire está varios grados más fresco, y luego el callejón que lleva al mar. Si encuentran abierta la puerta de la capilla, entren: ocurre pocas veces y basta un minuto.
