Uno se mete en un arnés, se engancha a un cable de acero tendido de una ladera a otra y sale disparado: desde 2007 el Volo dell'Angelo une Castelmezzano y Pietrapertosa a unos 120 km/h y con 400 metros de vacío bajo los pies. Dura poco más de un minuto y no es una atracción cualquiera, porque el paisaje que cruza es el de las Dolomitas Lucanas: agujas de arenisca levantadas y luego talladas por la intemperie desde hace quince millones de años, emparentadas con las Dolomitas verdaderas solo por la silueta. Castelmezzano está encajado ahí dentro, 685 habitantes a 750 metros de altitud, con las casas apoyadas en la roca y la roca metida en las casas.
Qué ver
Las agujas llevan nombres de bestiario campesino: el Águila Real, la Gran Madre, el Yunque. La cumbre más alta del grupo es el monte Caperino, 1.455 metros, aunque la imagen que queda es la muralla de las Murge di Castelmezzano, que cierra el pueblo. Dentro del casco, una escalinata normanda excavada en la roca sube hasta el puesto de vigía del castillo: era el Castrum Medianum, el “castillo de en medio” entre las fortalezas vecinas, y de ahí viene el nombre del pueblo. Arriba quedan poco más que restos de muro y una vista que explica por sí sola por qué en el siglo X quienes huían de las incursiones sarracenas eligieron precisamente este espolón.
La iglesia madre de Santa Maria dell'Olmo se cree fundada a principios del siglo XIII: el terremoto de 1857 la dañó, el arcipreste Michele Arcangelo Volini mandó ensanchar la nave en 1870 y los altares de mármol llegaron a comienzos del siglo XX, pagados por los emigrantes de Castelmezzano en Estados Unidos. La campana más antigua es de 1666. A pocos pasos, la capilla del Santo Sepolcro, quizá de planta bizantina, guarda la talla de madera de la Madonna dell'Ascensione, ligada al relato de dos pescadores que la habrían subido hasta aquí desde el mar. Entre los dos pueblos discurre el Percorso delle Sette Pietre, un sendero literario levantado sobre la novela de Mimmo Sammartino “Vito ballava con le streghe”: siete paradas, siete escenas, sonidos en el bosque.
La visita
Las líneas son dos, una por sentido: se sale de Castelmezzano, se aterriza en Pietrapertosa y luego se rehace el trayecto al revés para volver al punto de partida. El servicio es de temporada y el calendario cambia de un año a otro, así que conviene comprobarlo antes de ponerse en marcha; se vuela con arnés, solo o en pareja. Quien prefiera no repetir el cable regresa a pie por el Percorso delle Sette Pietre, hora y media larga de sendero. En cualquier caso hace falta un día entero: las carreteras de montaña que llegan hasta aquí son estrechas y lentas, y los dos pueblos solo se recorren andando, cuesta arriba.
El consejo de la redacción
Nosotros volamos temprano, cuando el aire está quieto y el valle sigue en sombra, y dejamos la tarde para el sendero. Pero el consejo de verdad es otro: quedaos a dormir. Castelmezzano ha perdido más de la mitad de sus habitantes en sesenta años y de día se llena de gente que llega, vuela y se marcha; por la noche, cuando los autocares se han ido, quedan la luz sobre las rocas y un pueblo de unos pocos cientos que recupera su plaza.






