El nombre viene del griego dàsos, que quiere decir bosque: Dasà es el lugar de los árboles, en la vertiente tirrena de las Serre. Era un caserío de Arena y un feudo de los Culchebret, y el pueblo que se ve hoy ha sido levantado dos veces, porque dos terremotos lo echaron abajo: el de 1783 y el de 1905. Algo más viejo, sin embargo, aguantó, y sigue trabajando: el molino de donna Bettina, de piedra, que todavía muele y tiene una particularidad rara — dos entradas para el agua, de modo que la muela no ha de pararse nunca. En el paraje de Bracciara hay olivos seculares, y el aceite sigue siendo, junto con el comercio, lo que sostiene la economía del pueblo.
Las tradiciones de aquí son dos, y ninguna de las dos se parece a una postal. La primera es la 'Ncrinata, la affruntata: el martes después de Pascua se escenifica el encuentro de la Madre con el Cristo resucitado, con san Juan haciendo de intermediario entre los dos; en 2017 el municipio la convirtió en fiesta patronal. La segunda se llama la Caricia de la Consolación: cada 31 de mayo, al cerrarse el mes de María, el pueblo recoge una donación y la destina a una situación de necesidad, elegida cada año por votación. En la iglesia de la Consolazione está la estatua que da nombre a todo esto: no se conoce ni su autor ni su época, y la tradición cuenta que llegó aquí en un carro tirado por bueyes, traída de Bracciara después de que un incendio destruyera la capilla donde estaba. El monumento a los caídos de la primera guerra, obra de Torquato Tamagnini, lo pagaron en 1929 los de Dasà emigrados a Stamford, en Connecticut.