Aquí estaba el puerto militar de Rávena: lo mandó construir Augusto dentro de una laguna, para tener allí la flota que vigilaba el Mediterráneo oriental. Hoy el mar está a kilómetros, la laguna se ha cegado y donde estaban los muelles hay un campo. Se camina entre los muros de las dársenas y los almacenes sabiendo que bajo los pies, hace dos mil años, había agua salada y barcos de guerra.
Qué ver
Las excavaciones han sacado a la luz los almacenes portuarios alineados a lo largo del canal, con sus muros de ladrillo y sus pavimentos, y las calles entre un edificio y otro. La planta se lee muy bien desde las pasarelas elevadas: es una zona industrial antigua, hecha de depósitos y muelles, no de templos.
No lejos, en el museo instalado en una vieja azucarera, están los materiales salidos de las excavaciones: ánforas, anclas, monedas, objetos de a bordo, y la reconstrucción de cómo funcionaba el puerto. Y a dos pasos está la basílica de Sant'Apollinare in Classe, con el mosaico de su ábside: la misma zona, mil años después.
La visita
El parque está en Classe, a ocho kilómetros de Rávena, accesible en autobús o en bicicleta por el carril bici; entrada de pago, a menudo conjunta con el museo y la basílica, con día de cierre semanal. Hora y media. En verano hay poca sombra.
El consejo de la redacción
Haga parque, museo y basílica el mismo día, en ese orden: primero el puerto vacío, después los objetos que pasaban por él, y al final la iglesia de oro construida cuando aquel puerto ya se estaba muriendo. Puestos en fila, los tres sitios cuentan el ascenso y el final de una ciudad que fue la capital del imperio de Occidente.
