Sobre el nombre de Calco corren tres explicaciones, y dos de ellas traen a colación Grecia. La primera se apoya en Estrabón, según el cual los romanos, para repoblar las orillas del Adda tras expulsar a los insubres, deportaron aquí a muchos griegos: algunos venían de la isla de Calqui, en el Egeo, y habrían dado al lugar el nombre de la patria perdida, a la que se parecía. La segunda quiere el nombre celta, del término que significa cal o peñasco calizo. La tercera cuenta de un guerrero griego, Calcos, que habría recibido el pueblo de regalo por haber salvado a la mujer del rey longobardo Romualdo.
Lo cierto es que el pueblo es antiguo. Un pergamino del siglo diez lleva la firma de un habitante de Calco, y en un acta de 975 un tal Umbertus se declara todavía de ley longobarda, unos doscientos años después de la conquista franca. En Arlate, el otro núcleo del municipio, había un monasterio de monjas cluniacenses que poseía tierras, molinos y almas, nombrado por primera vez en una carta de 1162. En 1428 el Adda se convirtió en frontera de Estado entre el Ducado de Milán y la República de Venecia, y el castillo de Calco sirvió de refugio a Francesco Sforza.
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