Este palacio turinés lleva el nombre de una familia que dio nombre también a un vino, porque fue en las tierras de los Falletti di Barolo en las Langhe donde aquel tinto tomó la forma que conocemos. El edificio se levantó a finales del siglo diecisiete por obra de Gian Francesco Baroncelli, rehaciendo la casa de un conde que era primer caballerizo y guardarropa del duque de Saboya.
Qué ver
A mediados del siglo dieciocho la reforma se encomendó a Benedetto Alfieri, el arquitecto de la corte, que adaptó los interiores al gusto rococó: estucos, espejos, boiseries y salas en enfilada, con los techos pintados. Es una de las pocas viviendas nobles de Turín que han quedado como estaban, con el mobiliario en su sitio y los suelos originales.
El palacio siguió en manos de los Falletti hasta los dos últimos, el marqués Tancredi y la marquesa Giulia, con los que la casa se extinguió. Ambos dedicaron la vida a las cárceles, a las escuelas y a los asilos para quien no tenía nada, y dejaron el palacio a la fundación que lleva su nombre y que aún tiene aquí su sede, continuando aquella labor.
La visita
El palacio está en via delle Orfane, en el barrio romano, a cinco minutos de piazza Castello; las estancias se visitan en días y horarios limitados, a menudo con acompañamiento, y las salas acogen actos, así que hay que comprobarlo antes. Una hora.
El consejo de la redacción
Pregunte por la biblioteca: aquí trabajó casi veinte años Silvio Pellico, que tras la prisión austriaca y el libro que lo hizo famoso en toda Europa aceptó el puesto de bibliotecario de la marquesa y vivió en estas habitaciones hasta su muerte. Es el final menos heroico y más humano de aquella historia.
