Hasta el 4 de noviembre de 1950 este pueblo se llamaba Grisolera, por las grixiòłe, las cañas de marisma de penacho gris. Aquel día un decreto del presidente Einaudi le cambió el nombre por Eraclea, que era sin embargo el nombre de otra ciudad: la Heraclia romano-bizantina, durante un tiempo capital del Ducado de Venecia, cuyos restos están en el límite del término municipal. Heraclia había sido abandonada en el siglo doce, cuando una inundación desplazó la desembocadura del Piave y la zona se encharcó volviéndose palúdica. Ochocientos años después, un pueblo nacido en esas mismas marismas se quedó con su nombre.
De agua, por lo demás, aquí había demasiada: antes de los saneamientos el 82% del territorio municipal estaba ocupado por láminas de agua, canales, cañaverales y marismas. Las obras empezaron en serio después de la Gran Guerra, y no por casualidad: desde 1917 el frente se había asentado justo sobre el dique del Piave, a lo largo del límite oeste, y al retirarse el ejército italiano voló todos los diques y terraplenes de los saneamientos apenas iniciados, inundándolo todo de nuevo. La playa y el pinar vinieron después: en los años veinte Marco Aurelio Pasti y los propietarios de la vecina Valle Ossi plantaron en las dunas miles de pinos para fijar la arena contra el viento y los temporales. Ese pinar es hoy lo que distingue a esta costa.
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