En la colina sobre el museo de Capodimonte, tras una verja que casi nadie nota, está el primer edificio de Italia construido a propósito para mirar el cielo. El observatorio lo quiso en 1812 Joaquín Murat, entonces rey de Nápoles, y se acabó en 1819 con los Borbones de vuelta en el trono: dos regímenes distintos que llevaron adelante la misma obra, cosa que en la historia napolitana ocurre pocas veces.
Qué ver
El edificio es neoclásico, claro y simétrico, con el cuerpo central y las cúpulas; se proyectó atendiendo a las exigencias de los instrumentos y no al gusto, y por eso tiene esas proporciones. Dentro se conserva la colección histórica: telescopios, círculos meridianos, relojes de precisión, sextantes, anteojos del siglo diecinueve de latón y madera, y los registros con las observaciones escritas a mano noche tras noche.
El observatorio sigue siendo un instituto de investigación en activo, y eso es lo que hace la visita distinta de la de un museo: los instrumentos antiguos están en los mismos pasillos en los que hoy se trabaja. Desde la terraza se ve el golfo, y se entiende también por qué se eligió el sitio: aquí arriba, sobre la ciudad, el aire estaba más quieto y las luces más lejos.
La visita
El observatorio está en la colina de Miradois, sobre el parque de Capodimonte, al norte del centro de Nápoles; no abre todos los días: se visita con reserva, en jornadas de puertas abiertas y veladas divulgativas organizadas por el instituto. Una hora. Conviene comprobar el calendario antes de subir.
El consejo de la redacción
Si encuentra una fecha disponible, tómela aunque no le interese la astronomía: se entra en un edificio público de doscientos años construido para un solo fin, y se le ve todavía haciendo ese trabajo. Y desde la terraza, de noche, uno mira la ciudad iluminada sabiendo que es exactamente la razón por la que desde aquí el cielo ya no se ve tan bien como antes.
