Entre dos torreones de toba oscura, achaparrados y militares, hay encajado un arco de mármol blanco que parece llegado de otra ciudad. Porta Capuana se construyó en 1484 por voluntad del rey aragonés y la diseñó Giuliano da Maiano, un arquitecto toscano llamado a Nápoles para traer el gusto nuevo: las torres servían para defender, el arco para dejar claro quién mandaba. Las dos torres se llaman Honor y Virtud, y la puerta se abría al camino que llevaba a Capua.
Qué ver
El contraste de los materiales lo es todo: la toba gris y áspera de las torres, levantada para aguantar cañonazos, y el mármol liso del arco, con los frisos, los medallones y los escudos tallados como en un mueble precioso. Es el momento en que el Renacimiento entra en Nápoles, y se ve literalmente encajado dentro de una estructura medieval.
Alrededor está uno de los barrios más populares de la ciudad: la plaza la ocupan los puestos, las furgonetas descargan, la gente cruza entre los coches. Poco más allá están el Castel Capuano, durante siglos el tribunal de Nápoles, y la iglesia de Santa Caterina a Formiello con su cúpula. No es un rincón cuidado, y eso es justamente lo que lo hace interesante: el monumento no se ha aislado, sigue dentro de la vida de la calle.
La visita
La puerta está en piazza Porta Capuana, a diez minutos a pie de la catedral y cinco de la estación central; se ve siempre, gratis, y se pasa por debajo. Veinte minutos. El mercado callejero funciona por la mañana, y en horas punta la zona es caótica: ojo con el tráfico y con los bolsos.
El consejo de la redacción
Venga por la mañana, con el mercado en marcha, y colóquese a unos treinta metros a un lado de la plaza: desde allí se ve el mármol blanco por encima de las cabezas de quienes compran pescado, y se entiende que en Nápoles los monumentos no están en una vitrina. Acérquese luego y mire los relieves gastados en la base del arco: cinco siglos de manos y de hombros.
