Con el nombre nadie ha logrado nunca cerrar la partida. En 1895 Giuseppe Vaquer, nacido en Villasor y trasplantado aquí, escribió un libro sobre su pueblo de adopción y ligó Arbus al adjetivo blanco: pensó en los macizos de granito claro, o en las cumbres nevadas, pero fue honesto y llamó conjeturas a sus propias ideas, porque aquí nieva poco. En 2013 el lingüista Massimo Pittau confirmó el vínculo con el campidanés arbus, blancos, del latín albus, sin saber explicar qué pintaba ahí el color: su mejor hipótesis es que se trate de is Arbus, la familia dueña del cortijo en torno al cual creció la aldea.
El término es el tercero de Cerdeña por extensión, tras Sassari y Olbia, y mantiene juntos dos mundos. Tierra adentro están Ingurtosu y Montevecchio, los pueblos nacidos en torno a las minas de plomo y zinc que dieron de vivir a esta zona durante siglo y medio y que hoy forman parte del parque geominero. En la costa, que corre unos cuarenta kilómetros, están las dunas de Piscinas y de Scivu: llegan a un centenar de metros y son las más altas de Europa. De aquí vienen también la oveja negra de Arbus y la arburesa, uno de los modelos de la típica navaja sarda.
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