Bajo este museo hay una gran basílica cristiana construida hacia 345, con suelos de mosaico. Encima de ella, en el siglo séptimo, se alzó un convento de benedictinas; cuando el convento fue suprimido, el edificio de la iglesia se vendió a particulares y se transformó en folador, es decir en local para hacer el vino. Los mosaicos reaparecieron bajo aquel suelo en 1895.
Qué ver
El museo reúne el material cristiano de Aquilea desde el siglo cuarto hasta la edad patriarcal: inscripciones, sarcófagos, fragmentos arquitectónicos y sobre todo los mosaicos del pavimento, que se recorren sobre pasarelas. Las inscripciones funerarias son la parte más elocuente, porque llevan nombres, oficios y fórmulas de gente corriente.
El conjunto se convirtió en museo en 1961, la última de una larga serie de transformaciones: basílica, convento, propiedad nobiliaria, bodega, museo. Cada uso añadió y quitó algo, y las excavaciones han tenido que separar las capas una de otra.
La visita
El museo está en la localidad de Monastero, a diez minutos a pie de la basílica de Aquilea; la entrada es gratuita, con horarios reducidos que conviene comprobar, y está menos frecuentado que los otros sitios del pueblo. Una hora.
El consejo de la redacción
Piense en que aquellos mosaicos se salvaron porque encima se hacía vino. Los edificios sobreviven cuando sirven para algo: un tejado mantenido por quien lo usa protege el suelo de abajo mejor que cualquier declaración de protección. Muchas de las cosas antiguas que vemos existen por esta razón, no por respeto.
