El nombre de Poggio Catino es la descripción del sitio: un altozano sobre una cuenca. La cuenca es aquella hondonada natural al pie del monte Tancia donde, hacia finales del siglo séptimo, unas bandas lombardas desviaron su marcha y se quedaron, dando origen al burgo de Catino. Allí, sin embargo, no había espacio para construir, y entonces se empezó a poblar el vecino cerro Moricone: el nuevo burgo estaba ya terminado antes de 1093, año en que los registros de la abadía de Farfa anotan el castrum y su tamaño. Los dos pueblos siguen siendo dos, a novecientos metros uno de otro, y formalmente se han unido en uno solo únicamente con la anexión al Reino de Italia. En Catino quedan la torre lombarda con las ruinas fortificadas y la iglesia de Sant'Eustachio; en Poggio Catino, la iglesia de San Rocco, del siglo catorce, con el reloj en la fachada y frescos del siglo quince en el ábside.
Del burgo más pequeño salió Gregorio de Catino, monje e historiador, que en Farfa reunió y transcribió los documentos de la abadía. Farfa, por lo demás, tenía los dos castra y regía la suerte de toda la Sabina; luego, en el siglo trece, los dos burgos se hicieron municipios libres, y durante toda la Edad Media el feudo pasó entre los Condes de Sant'Eustachio, los Orsini, los Savelli, los Vitelli y los Capizucchi, que obtuvieron del papa Clemente VIII el título de marqueses. En 1614 lo compraron los Olgiati, y lo tuvieron hasta 1816: su palacio, en Poggio Catino, es hoy la casa consistorial. Junto al cementerio se ven las termas llamadas de Sila, de época republicana, que sin embargo nadie ha podido atribuir nunca a Sila de verdad.