🏰 Castillos y palacios

castello di Dego

📍 Dego, Liguria · 46/100

Un documento de 1214 recoge la fórmula castrum quod vocatur Decus: es el primer rastro escrito del castillo de Dego. Ese año el marqués Ottone Del Carretto cedía sus tierras a la República de Génova a cambio de la investidura oficial, consolidando así el poder familiar en el valle de la Bormida; el acta se firmó en el castillo de Cairo Montenotte, residencia de la corte carretesca. El pueblo de Dego le había llegado en herencia hacia 1185, a la muerte de su padre Enrico I, llamado il Guercio. Sobre el origen de la fortaleza, más puesto militar que vivienda, no hay documentación segura: quizá la levantaron los Del Carretto en el siglo XIII, mientras la tradición local la remonta al siglo X, cuando Dego era una de las cortes donadas a Aleramo de Monferrato.

Qué ver

Quedan ruinas, en la localidad de Cua, en posición dominante sobre el pueblo del alto valle de la Bormida: intacta se conserva solo una parte de la muralla. Del resto se encargaron cuatro siglos de guerras de paso, porque este valle ha sido siempre un camino.

El castillo cambió de dueño sin descanso: en 1339 el feudo y la fortaleza pasaron a los Scarampi, familia de Asti, y volvieron a los Del Carretto de 1350 a 1419, cuando el territorio quedó en el marquesado de Monferrato. Aquí estuvo, con toda probabilidad, la ceca del marqués de Ponzone, que hasta el siglo XV administró también el feudo de Giusvalla. En 1553 la plaza fue asediada por las tropas francesas del mariscal Carlos I de Cossé-Brissac, al servicio de Enrique II, y se rindió sin oponer resistencia; en 1625 la ocuparon los soldados de Amadeo I de Saboya; después de 1735 acabó en el Reino de Cerdeña. El saqueo francoespañol de 1745 y sobre todo la segunda batalla de Dego, en 1796, ganada por los napoleónicos frente a los austriacos, la dejaron medio arruinada: el pueblo perdió entonces casi cuatrocientas personas.

La visita

Se llega de dos maneras. La primera es una carretera, cómoda y sin sorpresas. La segunda es el sendero napoleónico, más empinado y mucho más panorámico, que une el núcleo moderno del pueblo con la parte alta y más antigua: es la misma ladera donde se combatió, y recorrerla cambia la forma de mirar después las ruinas. No hay entradas ni horarios, pero tampoco barandillas: la prudencia entre los muros caídos corre por cuenta del visitante.

El consejo de la redacción

Aconsejamos subir por el sendero napoleónico y bajar por la carretera: el esfuerzo está todo en la ida y la vista sobre el valle se gana como es debido. Arriba, dediquemos unos minutos al tramo de muralla que sigue en pie, el único punto donde se entiende el grosor que exigía la fábrica de una fortaleza de valle.

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