El pueblo entra en la historia con un testamento, y con una cláusula que después se cumplió de verdad. El dieciocho de diciembre de 1111 el presbítero Gisulfo dejó el castillo y las tierras de Calvignano a dos hombres, Tedisio y Opizo Ottone, pero con ciertas condiciones: si no se cumplían, todo pasaría al priorato cluniacense de San Maiolo de Pavía. No se cumplieron, y los monjes se quedaron con el pueblo; fueron ellos quienes, más tarde, lo dieron en feudo.
Desde entonces Calvignano pasó a los Sannazzaro, luego desde 1371 a los Bottigella, que eran además los mayores propietarios de la zona y dejaron su nombre a una alquería; extinguida esa familia en 1690, el feudo se vendió a los condes Fantoni de Pavía. Lo notable es que este pedacito de colina, apretado entre los grandes feudos de Casteggio, Montalto Pavese y Fortunago, siempre logró seguir por su cuenta. Un escudo, en cambio, todavía no lo tiene: nadie se lo ha concedido nunca oficialmente.
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