Un diploma del emperador Carlomagno fechado en el 803 atestigua por primera vez la existencia de una iglesia bautismal en Bormio. Situada en el número 18 de la plaza Cavour, la colegiata de los Santos Gervasio y Protasio es el mayor edificio religioso del pueblo. Tras ser dañada por las tropas suizas en 1620 y destruida por completo por las españolas en 1621, la fábrica actual se reedificó entre 1628 y 1641 según el diseño del arquitecto Gaspare Aprile de Lugano.
Qué ver
El exterior de la iglesia se asoma a un pequeño atrio delimitado por un pretil de obra. La fachada principal está dividida en dos cuerpos por una cornisa de imposta y culmina en un amplio frontón triangular; el cuerpo inferior, tripartito por pilastras, acoge en el centro una portada de estilo neoclásico. En el interior se conservan importantes elementos de mobiliario y obras de arte, entre ellos un ciborio de madera realizado en 1646 y un órgano decimonónico construido por el bergamasco Luigi Parietti. El presbiterio, con bóveda de cañón, alberga dos lienzos firmados en 1721 por Giuseppe Prina, que representan el Martirio de los Santos Gervasio y Protasio y el Traslado de sus reliquias. Merece atención también el lienzo titulado El triunfo de la música litúrgica, ejecutado entre 1666 y 1678 por Carlo Marni con la colaboración de Paolo Colberg y Baldassarre Rocca. En el corredor que une la sacristía con la casa parroquial se encuentran además los frescos de 1393 con el Cristo Pantocrátor, la Virgen de la leche, apóstoles y profetas, contados entre las pinturas más antiguas de todo el término municipal.
La visita
La iglesia fue históricamente sede del vicariato y del cabildo que administraba las distintas parroquias de la zona. Entre las vicisitudes conservativas del edificio se recuerda la restauración del campanario, llevada a cabo en 1927. El gran lienzo seiscentista de Marni se empleaba antiguamente durante la cuaresma para cubrir el órgano, conforme a la regla litúrgica que le imponía silencio en esa época del año.
El consejo de la redacción
En el recorrido interior merece especial atención la bóveda del corredor hacia la casa parroquial: las pinturas murales de 1393 son el testimonio artístico más antiguo conservado en la iglesia y un raro ejemplo del Trecento en la Alta Valtelina.
