En la misma calle, con tres años de diferencia, el mismo arquitecto construyó dos edificios que parecen venir de dos mundos distintos. En 1904 Tommaso Malerba diseñó éste, de estilo neomorisco; en 1907, un poco más allá, firmó otro en pleno liberty. No era incoherencia: era el oficio.
Qué ver
El palazzo Mazzone está en via Umberto I, en el número 83, y es uno de los edificios cataneses más reconocibles de aquella época. El neomorisco era una de las lenguas que un arquitecto de principios del siglo veinte debía saber hablar: arcos de herradura o apuntados en vez de de medio punto, superficies cubiertas de decoración geométrica en vez de escandidas por columnas, policromía en lugar de claroscuro. En Italia era una moda exótica como tantas. En Sicilia, sin embargo, tenía un doble fondo: la isla había sido de verdad árabe durante dos siglos, y una casa morisca en Catania no citaba sólo un lugar remoto, citaba también un trozo de historia local que entretanto había quedado reducido a decoración.
Las fuentes sobre este edificio son pocas, y vale la pena decirlo en vez de rellenarlas: sabemos la fecha, el autor, la dirección y el estilo, que las propias fuentes describen como una mezcla de experiencias artísticas distintas. El resto está en la fachada y hay que mirarlo. Es un edificio privado y habitado, como casi todo el patrimonio ecléctico y liberty catanés: un patrimonio difuso, sin taquilla y sin guardianes, que sobrevive porque alguien vive dentro.
La visita
No se visita: los interiores son privados y no constan aperturas al público. Se mira desde la acera de la via Umberto, a cualquier hora del día. Diez minutos, y es una parada que tiene sentido dentro de un paseo por la calle, no por sí sola.
El consejo de la redacción
Después de mirarlo, siga por la via Umberto hasta el palazzo Marano Giuffrida, que es del mismo Malerba y de tres años más tarde. Póngalos en fila en la cabeza: la misma mano, la misma calle, la misma clientela burguesa, dos trajes opuestos. Es la prueba más clara de lo que era el eclecticismo, y no era falta de ideas. Un arquitecto de aquel momento vendía un carácter, y el cliente elegía cuál: quien quería parecer moderno tomaba el liberty, quien quería parecer original tomaba lo morisco. La fachada era una manera de presentarse, exactamente como un traje.








