Una sola familia habitó este castillo durante cinco siglos, hasta 1988, cuando pasó al Estado: por eso dentro sigue estando todo, muebles, cuadros, libros y el archivo de la casa. Los Bufalini eran señores del alto valle del Tíber, y de ellos venía la madre del cardenal Mazarino, que partió de aquí para convertirse en uno de los personajes más poderosos de Europa.
Qué ver
En 1487 Nicolò Bufalini mandó construir una fortaleza cuadrada con cuatro torres de vigía, pero la función militar duró poco: medio siglo después un arquitecto florentino, discípulo de Sangallo el Joven, la transformó en residencia con logias y pórticos. Las salas se pintaron al fresco con temas mitológicos, y quedan la sala del trono, el cuarto de los estucos y la galería de los retratos.
A finales del siglo diecisiete los condes quisieron una villa de campo, como se estilaba entre las grandes familias: la renovó un artista del lugar, que trazó también el jardín a la italiana. Junto al jardín está el laberinto de setos, y alrededor el parque, que es la mejor manera de entender cómo una fortaleza se convirtió en casa de veraneo.
La visita
El castillo está en el centro de San Giustino, a pocos kilómetros de Città di Castello y de la frontera toscana; se visita con billete y por lo general con acompañamiento, con horarios reducidos fuera de temporada, así que mejor comprobarlo. Hora y media.
El consejo de la redacción
En la sala del trono mire la silla: casi todas las casas nobles guardaban una, tallada y dorada, lista por si llegaba el papa. En la mayoría de los casos el papa no llegó nunca, y la silla se quedó allí durante siglos. Es el objeto que mejor explica cómo funcionaba el prestigio en aquel mundo.
