Cuando los enviados del conde de Saboya subían al valle para las audiences générales, el señor de Nus tenía que desalojar el castillo y dejárselo: era la precaución de la época, para que ningún feudatario aprovechara las audiencias y atentara contra la vida del conde o de sus hombres. Le ocurrió a Guillaume de Nus en 1287, a los coseñores Alexandre y Jean en 1337, y otra vez a Pierre de Nus en 1430.
Qué ver
El castillo ocupa el promontorio al noroeste del pueblo, vigilando el valle de Saint-Barthélemy. Su aspecto actual se alcanzó entre los siglos XIV y XV y luego lo trastocó la restauración de 1595, tras un incendio: la fecha está grabada en el dintel de la entrada del patio principal, y a aquellas obras se debe el torreón circular con una escalera de caracol excavada en parte en la roca viva. Un acta de reparto de 1310 entre los hermanos de Nus enumera lo que entonces era común: la torre del homenaje, el horno, aún visible, la fuente del patio y la capilla de San Miguel. En el salón de recepciones quedan frescos barrocos.
La visita
El castillo sigue habitado y no se visita, salvo en ocasiones especiales como las jornadas del FAI. Con la extinción de los señores de Nus, en el siglo XIX, quedó en ruina; el ala oriental se derrumbó en buena parte y a principios del siglo XX ya estaba como la vemos hoy.
El consejo de la redacción
Se ve bien desde el fondo del valle, a contraluz por la tarde. Si se da la suerte de encontrarlo abierto en una jornada del FAI, hay que aprovechar: son pocas horas al año.
