En este cerro redondeado crece la Kochia prostrata, planta de estepa de la que no se conoce otra estación en Italia, junto a la Valeriana tuberosa, que en los Alpes solo aparece en el Valle de Aosta. El mérito es del microclima seco de la solana y del viento: la reserva, creada en 1993 entre los municipios de Aosta y Saint-Christophe, es un trozo de Mediterráneo varado en la montaña.
Qué ver
El cerro llega a 790 metros y debe su forma redondeada a la erosión de los grandes glaciares que ocupaban la zona hasta hace 10.000 años; está en la confluencia del valle central del Dora Baltea con el Valpelline. Entre los árboles dominan las especies amantes del calor, el quejigo y el pino silvestre; entre las aves se ven pinzones, carboneros, pájaros carpinteros y córvidos. En la cima se ha detectado un asentamiento del Neolítico final con su necrópolis, fechado hacia el 3000 a.C.
La visita
El área está más equipada de lo que cabe esperar en una reserva: senderos, un circuito gimnástico, un campo polideportivo, una zona para el palet, el juego tradicional valdostano, espacios de juego para niños y jóvenes, servicios y vestuarios. Desde el fondo del valle se sube en pocos minutos y es el paseo de casa para quien vive en Aosta.
El consejo de la redacción
Conviene venir en primavera, cuando la flora árida está en flor y se entiende por qué los botánicos vigilan este cerro. Las plantas raras son diminutas y no llaman la atención: mejor mirar dónde se pisa.
