Antonio vivió poco más de un año en la pequeña iglesia de Santa Maria Mater Domini, entonces en las afueras de Padua, junto a la cual se había fundado el convento de los franciscanos. Cuando murió, en 1231, su cuerpo fue depositado allí y allí lo enterraron, como él había pedido. Sobre la tumba empezaron enseguida a registrarse hechos tenidos por milagrosos, y llegaron peregrinos, primero de los alrededores y luego de más allá de los Alpes. Entonces la ciudad entera — el municipio, el obispo, los profesores de la Universidad, las órdenes religiosas y el pueblo — pidió conjuntamente que Antonio fuera hecho santo: el papa Gregorio IX lo proclamó en 1232, menos de un año después de su muerte.
Qué ver
La basílica nació para sostener aquella multitud. Las obras empezaron al año de la muerte del santo y siguieron hasta 1310, y la vieja iglesita no se derribó: construyeron a su alrededor, y todavía hoy está allí, englobada como capilla de la Madonna Mora. Sobre el altar mayor están los bronces de Donatello, que para la plaza de delante esculpió también el monumento ecuestre al Gattamelata. Pese a todo eso, el Santo no es la catedral de Padua, que sigue siendo el duomo; y desde los Pactos lateranenses la basílica pertenece a la Santa Sede aun hallándose en territorio italiano.
La visita
La capilla de las Reliquias es la parte que más golpea. Están la lengua del santo, en un relicario de plata dorada, y su aparato vocal, en un relicario con forma de libro; está el mentón, dentro de un busto con un cristal en lugar del rostro, hecho en el siglo XIV y con la fecha grabada en veneciano en que «fue hecha esta obra». Y luego hay un objeto que vale el viaje por sí solo: el vaso de vidrio que el hereje Aleardino arrojó al suelo y que quedó intacto. Fue el propio Aleardino quien lo donó al santuario.
El consejo de la redacción
Dos advertencias antes de entrar. La primera: en 1991 tres bandidos enmascarados robaron de noche el relicario del mentón; se recuperó intacto poco después, cerca de Roma, y volvió a su sitio. La segunda tiene que ver con una historia que oirán contar: que aquí, antes de la iglesia, se alzaba un templo dedicado a Juno donde los paduanos colgaban los trofeos ganados en batalla, según escribiría Tito Livio. Es una tradición extendida a finales de la Edad Media, pero no tiene ningún fundamento histórico ni arqueológico: bajo este pavimento, de aquel templo, nunca se ha encontrado nada.
