La peste llegó a Venecia con un embajador del duque de Mantua, puesto en cuarentena en el Lazzaretto Vecchio: le bastó entrar en contacto con un carpintero para que el contagio partiera de Campo San Lio. El 22 de octubre de 1630 el patriarca Giovanni Tiepolo hizo un voto solemne: levantar y dedicar a la Virgen una iglesia «llamándola SANTA MARIA DELLA SALUTE», y cada año, el día en que la ciudad fuera declarada libre del mal, ir a visitarla con el Senado «en perpetua memoria de la gratitud pública». Cuando la epidemia acabó, los muertos venecianos eran 80.000, y entre ellos estaban el dux y el propio patriarca que había hecho el voto.
Qué ver
El concurso lo ganó Baldassare Longhena, que había propuesto una iglesia «en forma de corona, para ser dedicada a la Virgen». La planta es octogonal, y el ocho es el número de la Salvación y de la Esperanza, recogido por la estrella de ocho puntas del diseño y por la imagen de la Stella Maris, la estrella del mar que en el himno Ave maris stella guía a los navegantes hasta el puerto. La cúpula, vista desde fuera, es esa corona. La iglesia la bendijo el patriarca Alvise Sagredo cincuenta y siete años después del voto: ninguno de los que lo habían pronunciado la vio terminada.
La visita
El 21 de noviembre, fiesta de la Presentación de la Virgen, los venecianos mantienen la promesa: se cruza un puente que va de San Marco a la basílica, durante siglos hecho de barcas y hoy flotante sobre pilotes, y se entra a rezar. Junto con la Fiesta del Redentore es la celebración más sentida de la ciudad, y por tradición ese día se come la castradina, un plato de carnero. Para hacer sitio a la iglesia se había derribado un complejo religioso ya suprimido junto a la Punta da Màr, es decir la aduana, y todo el terreno tuvo que sanearse.
El consejo de la redacción
Lo que más asombra de esta basílica no se ve, porque está debajo. Para sostener semejante mole en la punta cenagosa entre el Gran Canal y la dársena, los venecianos clavaron en el fango un bosque de pilotes de madera. Cuántos eran es una pequeña saga: en el siglo XVII Giustiniano Martinioni escribió que eran 1.156.650, sin decir de dónde sacaba el dato, y esa cifra se ha repetido durante siglos. La cuenta, sin embargo, no cuadra, porque con pilotes de ese diámetro no se pueden hincar más de dieciséis por metro cuadrado, y un estudio de 2008 mostró dónde estaba el error. La estimación razonable ronda los 100.000, que siguen siendo un bosque invertido bajo el pavimento.
