A doce millas náuticas de la costa, bajo el mar, hay una montaña. El bajío de Amendolara está a veinte metros de profundidad y es tan extenso que probablemente sea lo que queda de un islote erosionado por el agua; en ciertas cartas de los siglos diecisiete y dieciocho aparece como «Monte Sardo», y una leyenda — con algún estudio reciente — identifica aquella montaña hundida con Ogigia, la isla donde Calipso retuvo a Ulises. En tierra el nombre es más prosaico: del griego Amygdalaria, los almendrales, por las almendras que aquí se producían.
En el Rione Vecchio hubo un asentamiento de los enotrios; en el siglo séptimo antes de Cristo la gente bajó al llano, donde la tradición hace fundar a Epeo, el hombre que construyó el caballo de Troya, la ciudad griega de Lagaria: los restos están en el paraje de San Nicola y las piezas en el museo arqueológico del pueblo. Los romanos pusieron aquí una posta, la Statio ad Vicesimum, a veinte millas de Thurii. Luego llegaron los bizantinos: fuera del caserío, en una zona llena de cuevas de ermitaños, quedan iglesitas con cúpula de los siglos noveno y décimo, y una de ellas, San Giovanni, tiene la planta en cuadrifolio típica de las iglesias bizantinas de Armenia — el único ejemplo en Italia, hoy en ruinas, con un solo ábside en pie. El castillo, restaurado en 1239 por Federico II, conserva una Crucifixión de finales del siglo trece; la Torre Spaccata se levantó en la costa en 1517 para avistar piratas. Y en el siglo quince nació aquí el humanista Pomponio Leto.