El pueblo se alza sobre una roca de toba rodeada de fosos naturales, en las laderas del valle de Baccano, que es un antiguo lago volcánico después desecado. A los etruscos se debe la tagliata del siglo séptimo antes de Cristo, una garganta excavada artificialmente para unir aquel valle con el lago de Martignano. En la cima del monte Razzano los romanos levantaron un pequeño templo dedicado a Baco, y de ahí viene el nombre ad Baccanas dado al valle; a lo largo de la vía Casia, pegada al camino, surgió la mansio ad Vacanas, es decir una parada de postas. Construida en el siglo primero después de Cristo sobre estructuras republicanas, tenía un área para el descanso del viajero, con termas y tiendas, otra para el cuidado de los caballos, con establos y cocheras, y otra para las actividades públicas, con el cuartel de los soldados, la plaza del mercado y un pórtico con fuente.
La misma carretera, siglos después, era la vía Francígena, y la mansio siguió siendo lugar de parada: en el itinerario de Sigerico, arzobispo de Canterbury, que volvía de Roma hacia el 990, aparece con el nombre de Bacane como tercera etapa a la salida de la ciudad. Entre el siglo octavo y el noveno los papas crearon en la campiña romana ya vacía las domuscultae, fincas de cultivo mixto pensadas para recolonizar, defender y administrar el territorio; cuando aquel sistema cayó, los habitantes de los caseríos dispersos se trasladaron a la roca y empezaron a fortificarla. Campagnano aparece por primera vez en un documento de 1076, como castellum. En 1270 se estipuló un estatuto entre el pueblo y el cardenal Riccardo Annibaldi: es uno de los primeros estatutos de la Campiña Romana. En 1410 el senado de Roma vendió la ciudad a Gentile Orsini, y con los Orsini empezó su mejor periodo, con grandes transformaciones urbanísticas y, en el siglo quince, las estancias de papas, cardenales y nobles. Hoy, donde antaño se cambiaban los caballos, está el autódromo de Vallelunga.