Este parque nació de una obra de ingeniería hidráulica. El Aniene inundaba Tívoli continuamente, y tras una riada desastrosa el papa hizo excavar dos galerías dentro del monte para desviar el río: el agua salió por el otro lado formando una cascada de ciento veinte metros, y el viejo cauce, que quedó seco, se transformó en jardín en 1835.
Qué ver
Se baja a la garganta por senderos y escaleras, con la vegetación cambiando a medida que se desciende y el calor de la explanada dando paso a la humedad del fondo. Abajo están las cuevas excavadas por el agua, la de Neptuno y la de las Sirenas, y los puntos desde los que se ve la gran cascada a distintas alturas.
En la loma de enfrente están los dos templos romanos, el redondo y el rectangular, que los viajeros del Grand Tour pintaron miles de veces. El parque estuvo abandonado durante décadas en el siglo veinte, luego se restauró y reabrió en 2005: los senderos son los históricos, puestos de nuevo en seguridad.
La visita
La entrada está en Tívoli, en largo Sant'Angelo, a cuarenta minutos de Roma en tren o en autobús; entrada de pago, con apertura estacional y cierre invernal. Dos horas. El recorrido es todo subidas y bajadas, hacen falta zapatos adecuados.
El consejo de la redacción
Baje hasta el fondo de la garganta aunque la subida de vuelta asuste: es allí donde se entiende lo que pasó aquí, porque uno está dentro del cañón con las paredes sobre la cabeza y el agua retumbando. Y recuerde que ese paisaje tan natural es el resultado de una decisión tomada en un despacho, para que la ciudad no volviera a inundarse.
