La puerta no toca el suelo. Se abre bastante más arriba y se llegaba a ella por una escalera de madera que, a la primera alarma, se recogía desde dentro: es el detalle que explica de golpe para qué servía este bloque de piedra de planta cuadrada, de unos 12 metros de altura. Dentro se excavó una cisterna, porque un puesto aislado tiene que aguantar solo unos días; fuera se cuentan una única saetera y cuatro ventanas. Nada decorativo, todo función.
La torre es lo que queda de un puesto de vigilancia normando del siglo XII, plantado sobre un espolón que los documentos llaman primero Roccam de Principatu y que hoy todos llaman simplemente la Rocca. Los normandos no fueron los primeros en ocuparlo: debajo hay huellas de un asentamiento de la Edad del Bronce y al lado siguen en pie muros samnitas de aparejo poligonal, bloques encajados sin mortero por los pentros. Alrededor de la torre corría un recinto amurallado, y junto a ella estaba la aldea medieval aneja: el terremoto de 1456 dañó a las dos.
La visita
Se sube a pie desde el casco antiguo de Oratino, y la cuesta se justifica sola: de cerca, la fábrica de piedra importa menos que el sitio donde la levantaron. Desde arriba se entiende por qué los normandos eligieron este espolón y no otro — el valle entero se vigila, y quien subía se veía llegar desde lejos. También se entiende por qué en el Catalogus Baronum, hacia 1130, el señor del lugar se llamaba Hugo de Rocca, Hugo de la Roca, con el nombre de su propia piedra.
El consejo de la redacción
Mire los muros de abajo, los que parecen simple pedregal: son los bloques poligonales de los samnitas, y son la manera más directa de medir los siglos que separan dos fortificaciones apiladas una sobre otra. Unos prismáticos ayudan, porque desde la cresta la Rocca vigila todo el valle, y el pueblo mismo — uno de los más bellos de Italia, con su tradición de canteros — se lee desde lo alto como un plano.
