Bajo el parapeto del ambón se abren siete pequeñas hornacinas. En la central hubo un águila con las alas desplegadas que hacía de atril; las otras seis las ocupan monjes benedictinos en altorrelieve, cada uno en una tarea distinta: el ora et labora traducido a la piedra. El ambón lleva la fecha de 1223 y es lo más valioso de Santa Maria del Canneto.
Qué ver
La iglesia está en la contrada que le dio nombre, en el fondo del valle junto al río Trigno, donde antes crecían los cañaverales. El primer documento que la menciona es de hacia 706: el duque Gisulfo I de Benevento la donó a los benedictinos de San Vincenzo al Volturno. En 1097 aparece entre los bienes que el papa Urbano II confirma a Oderisio, abad de Montecassino; el traspaso siguió probablemente a la destrucción sarracena del monasterio del Volturno. De aquella primera fábrica no queda ninguna estructura, solo fragmentos reaprovechados de los siglos octavo y noveno, embutidos en la fachada-torre y en el campanario.
Lo que hoy se ve pertenece a los siglos once y doce: planta de cruz latina, tres naves con armadura de madera vista, cada una rematada por un ábside semicircular. Las columnas son romanas, recuperadas de alguna construcción cercana y coronadas con capiteles románicos; en los muros exteriores hay lápidas e inscripciones romanas y medievales. A la derecha se alza el campanario, torre gótica almenada con ventanas de tres luces, terminada en 1329 por el abad Nicola. Detrás del altar mayor está la estatua gótica de la Madonna di Canneto, del siglo catorce, conocida aquí como la Virgen de la Sonrisa.
La visita
La fachada promete poco: ninguna decoración destacable salvo el bajorrelieve del tímpano. El interior es austero y pide calma, porque todo está en el detalle: los capiteles, las esculturas de la portada, los seis monjes del ambón. Junto a la iglesia, las excavaciones han sacado a la luz los restos de una villa romana del siglo primero d.C.: aquí se vivía mucho antes de que llegaran los benedictinos.
El consejo de la redacción
En Roccavivara pervive una devoción que atañe directamente a este santuario: las familias mandan hasta aquí a siete muchachas y a una mujer anciana para presentar a la Virgen sus deseos e intenciones. Al volver al pueblo les espera un plato, las Sagn' de la Madonne, pasta casera aliñada con salsa o con vinagre y especias, que luego se reparte entre los demás. Si coincide con esos días, la iglesia deja de ser un monumento y vuelve a ser aquello para lo que se construyó.
