El castillo Guasco es el castillo medieval de Francavilla Bisio, un imponente paralelepípedo fortificado de ladrillo, con matacanes y dos torrecillas voladas, una cuadrada y otra redonda. Murallas almenadas, foso y puente levadizo completan el conjunto, decorado con las bandas ornamentales en dientes de sierra que son la firma del gótico de ladrillo del valle del Po. El núcleo más antiguo es un torreón del siglo X, en torno al cual el castillo fue reconstruido y ampliado en el XIV, cuando su posición de frontera entre la República de Génova, el Piamonte saboyano y Lombardía lo hizo importante.
Qué ver
El edificio es un libro de estratigrafía: siglos de reformas y recrecidos se leen en las diferencias de estilo entre los añadidos, de las obras del siglo XIV a las modificaciones que la familia Guasco impuso en el XIX a la torre cuadrada y al cuerpo central. Junto al bloque principal hay una construcción menor con almenas a ras de muro, y el foso y las murallas corren alrededor.
La visita
La primera mención explícita del castillo es de 1375, en una bula con la que el papa Gregorio XI, entonces en Aviñón, concedió su propiedad a Luchesio Spinola. Los Spinola lo tuvieron tres siglos, no sin sangre: en 1455 Oberto Spinola fue asesinado por los hombres de Gavi en la torre, y en el siglo XVII las actas procesales hablan de una cárcel interior, el «Fornetto», donde acababan enemigos políticos y personajes incómodos. En 1681 el emperador Leopoldo I pasó el feudo a los Grillo, y en 1780 llegaron los Guasco, que dieron al castillo su nombre y su forma actuales. Ocupado por tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial y luego abandonado, fue restaurado y reabierto en parte al público en 2005; hoy pertenece a la familia Giriodi Panissera di Monastero.
El consejo de la redacción
Desde fuera, el juego más instructivo es seguir los ladrillos: las bandas en dientes de sierra, las almenas, las dos torrecillas voladas y las diferencias de aparejo permiten fechar a ojo las estaciones del castillo, del torreón altomedieval a los romanticismos del XIX. Es el raro caso de una fortaleza que muestra su propia restauración como un documento de identidad.
