El monumento en medio de la plaza es una pirámide de bloques enormes, y esos bloques son la roca extraída del túnel del Fréjus. La montaña que estorbaba se convirtió en el monumento a haberla quitado de en medio. Se inauguró en 1879, con un genio alado en lo alto y los Titanes derribados en la base: el triunfo de la razón sobre la fuerza bruta, en el espíritu positivista de aquellos años.
Qué ver
La plaza nació de una apuesta equivocada. Cuando Turín era capital del joven Reino de Italia, una empresa constructora londinense financió los edificios que la rodean, contando con que la capital se quedaría aquí y con que harían falta viviendas para militares, funcionarios y políticos. La capital fue en cambio a Florencia, y aquella decisión provocó los tumultos de 1864, que tuvieron por escenario también esta plaza recién nacida. Los edificios los tuvo que terminar el Ayuntamiento, para revenderlos luego en subasta.
El genio alado en lo alto del monumento lleva en la cabeza una estrella de cinco puntas invertida, y la tradición popular ha visto ahí a Lucifer: de ahí la fama de la plaza como vértice de un Turín mágico, con visitas guiadas incluidas. En el arriate algo más al oeste hay en cambio un pequeño obelisco con un astrolabio en la cúspide, la Guglia Beccaria, que nada tiene que ver con la magia: señala un punto geodésico, usado en el siglo dieciocho para medir la longitud de un trozo de meridiano terrestre. Bajo los soportales de la torre moderna del lado oeste, una lápida recuerda a nueve partisanos fusilados como represalia en 1944.
La visita
La plaza está en el extremo occidental del centro histórico, donde via Garibaldi, el antiguo decumano romano, se encuentra con corso Francia. Es un espacio público, siempre accesible, y un nudo de líneas de tranvía y de autobús. Veinte minutos.
El consejo de la redacción
Póngase junto al obelisco y mire recto a lo largo de corso Francia, hacia el oeste. Al fondo, en el municipio de Rivoli, hay un obelisco gemelo: los dos marcaban los extremos de una medición trigonométrica del siglo dieciocho. Esa línea recta de kilómetros sigue ahí en forma de carretera, y la recorre cualquiera que salga de Turín por este lado, sin saber que camina dentro de un cálculo.
