Una viña con un palacio real dentro, en la colina sobre la Gran Madre: el cardenal Mauricio de Saboya se la hizo construir desde 1615 según diseños de Vitozzi y de los Castellamonte para estar lejos de la corte con sus académicos, luego renunció a la púrpura y en 1642, a los cuarenta y nueve años, se casó con su sobrina Ludovica, que tenía catorce, y vivió aquí con ella hasta su muerte. En el siglo dieciocho se convirtió en la villa de las reinas, Ana María de Orleans y Polixena de Hesse, que la hicieron rehacer por Juvarra y pasaban aquí septiembre; Napoleón durmió aquí; los Saboya la regalaron en 1868 a un colegio para las hijas de militares, las bombas la reventaron, y durante cincuenta años la hiedra se la comió. Reabierta en 2007 tras una restauración que quitó cuatrocientos mil metros cúbicos de zarzas, vuelve a ser una viña, y hace vino.
Qué ver
El jardín, antes que la villa: se sube desde el Gran Rondeau, la terraza elíptica con la fuente de Neptuno y las divinidades fluviales, por la escalera de tenaza hasta la fachada, y detrás del palacio se abre el anfiteatro excavado en la colina, tres terrazas de boj, la exedra con las veinte hornacinas y las estatuas, la Gruta del Rey Salvaje con sus mármoles y piedras de colores, la escalera que sube entre las pequeñas cascadas hasta el Belvedere en lo alto, con Turín entera delante y los Alpes detrás. A los lados, el Pabellón de los Solinghi, donde el cardenal reunía su academia, y las hileras de la viña.
Dentro, el salón con las cuadraturas y los frescos del siglo dieciocho de Crosato, Dallamano, Beaumont, Seiter, en parte perdidos en la guerra, y los cuatro Gabinetes Chinos, cuartitos de laca dorada y paneles orientales que son la pieza más rara de la villa; los aposentos del rey y de la reina rehechos por Juvarra, con los estucos y las boiseries que quedan. La célebre librería de Piffetti se llevó al Quirinal, como muchos muebles; el resto se mira sabiendo que ha vuelto de la nada.
La visita
La villa está en strada Santa Margherita, a diez minutos a pie cuesta arriba desde la Gran Madre, pasado el puente Vittorio Emanuele, o en autobús; museo estatal, cerrado los lunes, con entrada propia y la Torino card, desde 1997 en el sitio UNESCO de las Residencias saboyanas. El jardín se visita con la misma entrada; dos horas, y en septiembre, con la vendimia, la viña es el motivo para venir.
El consejo de la redacción
Suba hasta arriba, al Belvedere, antes de entrar en el palacio: desde allí la villa se entiende como la querían los Castellamonte, un eje de agua y escaleras que baja de la colina a la ciudad, con la Mole al fondo que entonces no existía. Luego pregunte por el vino: la freisa de la viña real se compra en la villa, de una viña urbana dentro de un sitio del patrimonio mundial, quizá la única del mundo.
