En 1863 la comunidad judía de Turín encargó a Alessandro Antonelli una sinagoga de 47 metros. Antonelli siguió levantándola año tras año, muy por encima de cualquier presupuesto, hasta que la comunidad renunció y la obra pasó al municipio. Cuando los trabajos terminaron en 1889, la Mole medía 167,5 metros y se tenía por el edificio de fábrica más alto del mundo. Un tornado le partió la aguja en 1953 y se rehízo en acero revestido de piedra. Desde 2000 el interior alberga el Museo Nacional del Cine.
Qué ver
Todo gira en torno al Aula del Tempio, la sala que Antonelli había pensado para la oración: hoy uno se tumba en las hamacas rojas y mira las películas proyectadas en el techo, mientras a lo largo de los muros las capillas quedan asignadas a los géneros, del terror al wéstern, de la ciencia ficción al musical. De allí arranca la rampa helicoidal, que sube en espiral como una película desenrollada y acoge las exposiciones temporales. El montaje lleva la firma del escenógrafo suizo François Confino junto al arquitecto turinés Gianfranco Gritella.
En los niveles bajos está la Arqueología del Cine: linternas mágicas, teatros de sombras, aparatos ópticos que se accionan con las manos, todo lo que vino antes de la cámara. Más arriba se atraviesan la Máquina del Cine, con guion, dirección, vestuario, escenografía y sala de proyección, y la Galería de Carteles, que se nutre de un fondo de más de 300.000 piezas. La colección nació en 1941 de la terquedad de Maria Adriana Prolo, estudiosa piamontesa que dedicó medio siglo a reunir reliquias del cine italiano. Hace poco se ha abierto la Video Game Zone, uno de los primeros espacios museísticos permanentes del mundo dedicados al videojuego.
La visita
La entrada está en via Montebello, a un cuarto de hora a pie de la estación de Porta Nuova y a cinco minutos de la piazza Castello. El museo y el ascensor panorámico se pagan por separado y la entrada combinada sale más barata que las dos sueltas; la cabina de cristal cruza el vacío de la sala y llega al templete, a 85 metros, en 59 segundos. El recorrido se desarrolla en vertical por varios niveles y se corta mal por la mitad: dos horas y media son el mínimo, tres si uno se detiene a probar los aparatos ópticos. En 2024 el museo superó los 800.000 visitantes, así que los fines de semana y los días de lluvia hay cola.
El consejo de la redacción
Nosotros subimos en ascensor nada más abrir, cuando la fila todavía es corta, y dejamos el museo para el resto de la mañana; al revés se acaba esperando una hora con las piernas ya cansadas. En el Aula del Tempio conviene tumbarse y quedarse al menos diez minutos, porque los cortometrajes cambian sin parar y casi nadie aguanta lo suficiente para ver uno entero. Y si el tiempo aprieta, mejor sacrificar los carteles y dedicar esa hora a la Arqueología del Cine, la parte que los niños siguen contando en la cena.









