El tejado de la catedral de Bolzano está hecho de tejas vidriadas verdes y amarillas dispuestas en rombos, y se reconoce desde cualquier punto de la cuenca. Al lado sube el campanario con la aguja calada, terminada en el siglo dieciséis por un maestro llegado de Suabia: piedra trabajada como un encaje, cosa más del ámbito alemán que del italiano. Bolzano es exactamente eso, el punto donde los dos mundos se tocan.
Qué ver
La iglesia es gótica, de arenisca roja, con el púlpito esculpido, frescos del siglo catorce en los muros y sus portadas. En el costado que da a la plaza se abre la puertecita llamada del vino, decorada con sarmientos y racimos: por ahí entraban los campesinos que traían el vino, y la escultura recuerda que esta ciudad vivía también de eso.
Bajo el pavimento está la parte que casi nadie imagina. En 1944 los bombardeos dañaron gravemente la catedral, y cuando en 1948 se empezó a restaurarla, al excavar aparecieron los cimientos de otras tres iglesias, del siglo cuarto al doce, y una lápida de época romana. La iglesia que se ve es la última de una serie que nadie sabía que estuviera ahí.
La visita
La catedral está en piazza Walther, en pleno centro, a cinco minutos de la estación; entrada libre, con cierre a mediodía y los días festivos por la mañana por los oficios. Media hora.
El consejo de la redacción
Mire el tejado desde arriba, no desde abajo: suba en el teleférico hacia el Renon o a la colina, y desde allí los rombos verdes y amarillos se leen como un dibujo. Baje después y busque la puerta del vino en el costado: es baja, discreta, y a nivel de calle no la nota nadie.
