En 1527 el papa Clemente VII huyó de Roma saqueada por los lansquenetes y se refugió en Orvieto, que está en lo alto de un risco de toba y es inexpugnable; pero entendió enseguida que, si lo asediaban, moriría de sed. Llamó entonces a Antonio da Sangallo el Joven y le hizo excavar en la roca un pozo de cincuenta y cuatro metros de profundidad, con dos escaleras de caracol que se enroscan una dentro de otra sin encontrarse nunca: las mulas bajaban por una puerta con los barriles vacíos y subían por la otra con los llenos, sin cruzarse jamás. Se terminó en 1537, bajo Pablo III, y durante siglos se llamó pozo de la Rocca; el nombre de san Patricio se lo dieron los frailes del siglo diecinueve, pensando en la gruta irlandesa por la que se bajaba al Purgatorio.
Qué ver
El pozo mismo, bajado a pie: doscientos cuarenta y ocho escalones, anchos y bajos porque los hacían los animales, y setenta y dos ventanales abiertos al vacío central que dan luz y aire mientras se gira. Al fondo, cincuenta y cuatro metros bajo la ciudad, un puente cruza el agua que un manantial mantiene siempre al mismo nivel, y desde allí se mira hacia arriba: la doble hélice vista desde abajo es una de las imágenes que mejor resumen la ingeniería renacentista. Luego se sube por la otra escalera, y no se encuentra a ninguno de los que bajan.
Sobre la puerta, la inscripción latina que dice que lo que la naturaleza había negado lo procuró el ingenio; fuera, la estructura cilíndrica baja con los lirios de los Farnesio y las dos entradas opuestas. Clemente VII hizo acuñar a Benvenuto Cellini una moneda para celebrarlo, con Moisés haciendo brotar el agua de la roca y la inscripción para que el pueblo beba: está en los Museos Vaticanos. Junto al pozo, la fortaleza del Albornoz con su jardín y la vista sobre el valle, y a doscientos metros el templo etrusco del Belvedere.
La visita
El pozo está en el piazzale Cahen, a la llegada del funicular que sube de la estación, a cinco minutos del Duomo con el autobús lanzadera; entrada propia, combinable con la Carta Unica de Orvieto, abierto todos los días con horarios más largos en verano. Tres cuartos de hora, contando la subida. No es apto para quien tiene problemas para caminar o sufre el frío: al fondo hay quince grados incluso en agosto, y la humedad se nota.
El consejo de la redacción
Baje sin pararse y cuente los ventanales, luego al fondo cruce el puente y mire hacia arriba, al círculo de cielo: desde allí se entiende cómo funciona la doble hélice, y por qué en italiano todavía se dice que una cosa es como el pozo de San Patricio cuando nunca se consigue llenarla. Al subir, intente encontrarse con alguien: no lo logrará, y es exactamente lo que Sangallo quería.
