Los benedictinos llamaron a Andrea Palladio primero para el refectorio del monasterio y después para la iglesia nueva, que fue su obra más complicada. La primera piedra es de 1566, y en diez años la estructura general estaba terminada. La fachada, en cambio, se levantó unos treinta años después de su muerte: la ejecutó el maestro cantero Simone Sorella, encargado de seguir el modelo de Palladio, mientras Vincenzo Scamozzi cobraba como consultor, dibujaba los detalles y defendió ante el Senado la solución de doble frontón. Los estudios recientes la consideran lejana de lo que Palladio tenía en mente.
Qué ver
El refectorio, al que se llega por una secuencia construida a propósito: una escalinata ancha, un primer gran portal que cita un modelo romano antiguo, la portada de San Salvatore en Spoleto, y un vestíbulo de suelo blanco y rojo donde hay dos extraordinarios lavabos gemelos de mármol rojo; luego un segundo portal, relectura palladiana del primero, abre a la sala. Encima corre una bóveda de cañón que a mitad se convierte en bóveda de arista para permitir abrir dos ventanas termales. Pero el detalle que dice quién mandaba es otro: los monjes exigieron conservar las viejas ventanas del siglo dieciséis que quedaban de la obra anterior, y Palladio solo pudo enmarcarlas con elementos a la antigua.
La visita
En la pared del fondo del refectorio falta la pieza para la que todo se había pensado. Allí estaban las Bodas de Caná de Paolo Veronés, un lienzo enorme concebido en relación con el espacio de Palladio y con la gran ventana que lo corona. En 1797, por voluntad de Napoleón, se lo llevaron: hoy está en el Louvre. La sala sigue ahí, el cuadro no, y quien entra ve la arquitectura trabajando en el vacío, como una frase a la que se ha quitado la última palabra.
El consejo de la redacción
Suban al campanario, de unos setenta y cinco metros: desde aquí se ve Venecia entera, cosa que dentro de Venecia no sale, porque para verla toda hay que estar fuera. El actual es una reconstrucción, ya que el anterior se derrumbó. Y mientras estén allá arriba, tengan presente algo que nadie espera de una isla monástica: en 1800 fue coronado en esta iglesia el papa Pío VII, al término de un cónclave que se había celebrado justo aquí.
