El nombre fue una apuesta, y la suerte se lo tomó al pie de la letra: La Fenice ha ardido dos veces y ha resurgido dos veces. La Noble Sociedad de propietarios de palcos, expulsada en 1787 del Teatro San Benedetto, quiso un teatro nuevo y más grande y lo llamó como el ave que renace de sus cenizas. Ganó el concurso Giannantonio Selva, y el 16 de mayo de 1792, día de la Sensa, la sala se abrió con una ópera de Paisiello: cinco órdenes de palcos todos iguales, como corresponde a una república, y la entrada desde el agua para quien llegaba en góndola.
Qué ver
La sala es la del siglo diecinueve, reconstruida como era y donde estaba. El primer incendio, el 13 de diciembre de 1836, la destruyó en una noche; los hermanos Meduna la rehicieron en un año, con los oros y estucos del Imperio tardío, y reabrió el 26 de diciembre de 1837. El segundo incendio, la noche del 29 de enero de 1996, fue provocado: dos electricistas prendieron fuego para escapar de las penalizaciones de una obra retrasada, y del teatro quedaron los muros. La reconstrucción, con proyecto de Aldo Rossi, devolvió cada decoración a su sitio y la sala reabrió el 14 de diciembre de 2003.
En este escenario debutó el siglo diecinueve italiano: Tancredi y Semiramide de Rossini, I Capuleti e i Montecchi de Bellini, y cinco óperas de Verdi, de Ernani a Rigoletto, La traviata, que aquí en 1853 fue un fracaso histórico, y Simon Boccanegra. En el siglo veinte la Bienal trajo la música contemporánea, con los estrenos de The Rake's Progress de Stravinski y de Otra vuelta de tuerca de Britten. Las Sale Apollinee, que escaparon a ambos incendios, son el foyer dorado donde se pasa el intermedio.
La visita
El teatro se visita de día con audioguía, cuando no hay ensayos, entrando por el campo San Fantin: platea, palcos, palco real y Sale Apollinee. Por la noche está la temporada lírica y sinfónica, con entradas que se agotan pronto; el Concierto de Año Nuevo, retransmitido por televisión, nació con la reapertura. La Fenice está a cinco minutos de la plaza de San Marcos.
El consejo de la redacción
Si puede, no se conforme con la visita diurna: un asiento en los palcos altos, aunque sea lateral, cuesta lo que una cena y le mete dentro de la máquina del teatro a la italiana, donde el público se mira tanto como mira la escena. Y desde el palco, con las luces bajas, las restauraciones recientes desaparecen: la sala parece no haber ardido nunca.
