El nombre de este pueblo nunca ha estado quieto. En 1150 lo escribían Munt'frand, luego Mons Ferrantus, Mons Ferrandus, Monte Fernando, Mons Ferrante, Mon Ferrans, y entre los siglos diecisiete y dieciocho Mons Ferdinandus: ocho formas en ochocientos años, que oscilan sin parar entre Ferrante y Ferdinando. Sobre la segunda mitad del nombre compiten tres explicaciones: un rey aragonés, un feudatario de la casa Caracciolo, o la férrea fortificación del pueblo, de la que sin embargo solo quedan una puerta y un trozo de muro.
Lo que valía el pueblo lo sabemos con precisión: en 1320, en la tasación angevina, estaba estimado en cinco onzas y cuatro tarì. Hoy es de los municipios menos poblados de los Abruzos, y en medio de su plaza hay una fuente monumental de la que brota agua mineral, libre para todos, que se bebe para los cálculos renales y para las dietas sin sal. La noche del dieciocho de marzo las familias que tienen un voto que cumplir ponen una mesa en su propia casa y la abren a parientes y forasteros: se come de pie, recitando las letanías.
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