El primer asentamiento fue una ermita: monjes basilianos en Fonte Laurato, con una iglesia dedicada a Santa Domenica. Cuando aquella se vino abajo, los esposos Mamistra construyeron en el mismo sitio la abadía de Fonte Laurato, que en 1201 fue donada al abad cisterciense Joaquín de Fiore; los franceses la saquearon y la abandonaron. Desde el siglo once las colinas se llenaron de torres de vigía — Torre del Regio, Torre Lunga, Torre Vardano, Torre de' Rossi — y se empezó el Castello della Valle. Con la llegada de los españoles, a comienzos del siglo dieciséis, el feudo fue al capitán Hernando de Alarcón, que puso el castillo en orden y reforzó las murallas, y luego a Pedro González de Mendoza: los mismos Alarcón y Mendoza que tenían Rende y, en los Abruzos, la Valle Siciliana. En 1807 las tropas napoleónicas asediaron el burgo y el castillo quedó medio destruido; quedaron los sótanos, el portal y un trozo del lado norte.
Quien volvió a ponerle mano fue un pintor. En 1975 el siciliano Salvatore Fiume se ofreció gratuitamente a revitalizar el casco antiguo: hasta 1996 pintó las paredes interiores y exteriores del castillo semiderruido, en 1977 la cúpula de la iglesita de San Rocco, y en los años noventa puso una escultura de bronce en cada una de las dos plazas que miran al mar, «La chica del surf» y «El medallón de la fortuna». En la cocina, mientras tanto, resisten dos cosas que explican el lugar: la filiciata, un queso tierno recién cuajado puesto sobre helechos, que se hacía para el 15 de agosto, y la frittata di patate, que a pesar del nombre no lleva huevos.