Para unir Nápoles con los Campos Flégreos, los romanos no rodearon la colina de Posillipo: la agujerearon. La Crypta Neapolitana es un túnel de carretera de 711 metros excavado en la toba en época augústea, ancho para dos carros, con pozos de luz abiertos hacia arriba. Séneca pasó por él y escribió asqueado: oscuridad, polvo que se levantaba y quedaba suspendido, gente que empujaba. Mil años después los napolitanos decidieron que una cosa así no podía haberla hecho un ingeniero, y se la atribuyeron a la magia de Virgilio.
Qué ver
La boca de Mergellina se abre al fondo del parque Vergiliano a Piedigrotta, un jardín en terrazas apoyado en la ladera, por encima del ruido del tráfico. El túnel hoy no se recorre, por razones de seguridad: se llega ante la boca negra y uno se para allí, lo cual, bien mirado, ya es bastante.
El parque, sin embargo, merece la subida por sí solo. A media ladera está la tumba de Giacomo Leopardi, traída aquí en el siglo veinte desde su primer enterramiento; más arriba, al final de las rampas, un columbario romano que la tradición señala como la tumba de Virgilio, con el laurel plantado al lado. Si es de verdad suya nadie puede decirlo, pero el poeta que cantó estas costas está enterrado en algún punto de esta colina, y desde allí se ve el golfo hasta Capri.
La visita
Se entra por la salita della Grotta, a dos pasos de la estación de Mergellina; entrada libre, horario diurno, cerrado algunos días. Media hora larga, con una subida corta pero empinada. Al lado está la iglesia de Santa Maria di Piedigrotta, que da nombre a la fiesta napolitana de septiembre. Las visitas dentro del túnel, cuando las hay, se reservan.
El consejo de la redacción
Suba hasta arriba, a la supuesta tumba de Virgilio, y vuélvase después hacia abajo: a pocas decenas de metros, en la misma colina, está la de Leopardi. Dos poetas separados por mil ochocientos años, uno que escribió de una Italia que nacía y el otro de una Italia que no lograba nacer, acabados durmiendo en la misma ladera sobre el túnel de los romanos.
