La canción napolitana nació en el atrio de esta iglesia. Santa Maria di Piedigrotta está al pie de la colina de Posillipo, junto a la boca del túnel romano que atraviesa el monte, y desde hace siglos es el centro de una devoción popular fortísima: la fiesta del ocho de septiembre. En el siglo diecinueve aquella fiesta religiosa se transformó en un concurso de canciones, y de ahí salieron las piezas que conoce todo el mundo: en 1880, por ejemplo, se presentó aquí Funiculì funiculà.
Qué ver
La iglesia es de origen medieval, rehecha varias veces; dentro se venera una estatua de madera de la Virgen, objeto de un culto antiquísimo ligado al paso del túnel. El interior es sencillo, con las capillas laterales y los exvotos; no es un museo, es un santuario de barrio, y en los días de fiesta la gente entra y sale sin parar.
El valor del sitio está en la geografía: delante de la iglesia está la plaza donde durante siglo y medio se montaron los escenarios, las carrozas y las luces de la fiesta más popular de la ciudad, y detrás está la boca negra de la Crypta Neapolitana, con el parque que contiene las tumbas de Virgilio y de Leopardi. Lo sagrado, lo popular y lo antiguo caben en doscientos metros.
La visita
La iglesia está en piazza Piedigrotta, junto a la estación de Mergellina; entrada libre, cierre a mediodía y durante los oficios. Veinte minutos. El ocho de septiembre y los días de alrededor la zona se cierra al tráfico y se llena de gente: el peor momento para visitar la iglesia y el mejor para entender para qué sirve.
El consejo de la redacción
Si pasa por aquí un día cualquiera, entre cinco minutos y suba luego al parque de al lado: en un cuarto de hora habrá visto el santuario de la fiesta más ruidosa de Nápoles y las tumbas de dos poetas, a cien metros una de otra. Si en cambio le toca estar a principios de septiembre, deje el programa y quédese en la plaza.
